"Contratación cultural en Kennedy: Un propósito. Una invitación" Francisco Castañeda

Les propongo algo, unámonos. Trabajemos de la mano, revivamos la solidaridad, esa que nos pertenece y permite reconocernos como humanos, sentir que hacemos parte de una sociedad compuesta por seres pensantes, llenos de razones para vivir juntos. Esta es mi propuesta frente a la entrega descarada de  los recursos públicos.

En este momento las dinámicas locales de contratación han evidenciando una tragedia, por llamarlo de la forma más convencional que existe. Nuestra cultura, nuestras organizaciones culturales han devenido en empresas comerciales que juegan al Tío rico para acceder a las migajas del presupuesto local.
Este juego retorcido, esta guerra sin fin, ha separado amigos, ofendido dignidades y generado pereza y pobreza cultural. Ya no se piensa para el arte, sino para el bolsillo, ya no se piensa para la comunidad sino para la comodidad de algunos; es decir, la cultura y su presupuesto no son democráticos.
Este panorama no se da por generación espontánea. Ha sido una conspiración contra la cultura y sus expresiones, un proceso que ha llevado a las organizaciones a convertirse en una especie boxeadores que pugnan por hacerse con los contratos.
Han pasado 22 años desde que se aprobó la ley 80 de contratación del Estado. Sus efectos no han podido ser más terribles. El sector privado,  como la liebre de la fábula, ha evidenciado su gran capacidad de engaño y su poderoso arsenal de artilugios para imponerse en el mercado de las contrataciones. Ello ha facilitado la aparición de carteles como el Grupo Nule, que se ha visto implicado en irregularidades como el sonado caso de la fallida adecuación de la calle 26 perteneciente a la fase III de Transmilenio y otras onerosas concesiones.
Y es en Bogotá donde el panorama se enrarece aún más. El decreto 101 de 2010, del suspendido Alcalde Samuel Moreno, entrega la potestad a los alcaldes locales de la adjudicación de contratos, con lo que se refuerza la idea de éstos como botín político. El asunto se agudiza con la desaparición de la mediación y verificación, otrora ejercidas por las  Unidades de Ejecución Local (UEL). Antes por lo menos podíamos pensar que había muchos ojos encima del pastel.
Les invito entonces que pensemos en un sistema de cooperativas culturales. Por supuesto este término causa terror si lo relacionamos con la degenerada flexibilización laboral, mal denominadas cooperativas de trabajo asociado.
La propuesta es organizarnos en cooperativas que estudien, planifiquen y desarrollen la cultura local; brindar a las comunidades una oportunidad de expresión; hacer visible lo que mil doscientas organizaciones culturales, en las que trabajan más de treinta mil personas, muchos de ellos jóvenes, hacen a diario. No permitamos que esa muchachada se pierda en el mundo corporativo, en el espejismo de las falsas finanzas; hagamos de la cultura local un ejemplo de rigor, de extrema transparencia y, sobretodo, una clara muestra de solidaridad que permita la existencia de la democracia. En definitiva, no hagamos de la cultura un negocio.
Por: Francisco Castañeda Ravelo
Edil de Kennedy
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