Valentina, una alentada y vigorosa aficionada a la fiesta brava

Una mosca azul, alegrona y robusta, revoloteaba a sus anchas por el rostro cetrino y apergaminado de José Gabriel Ortiz, el popular ‘Flaquirri’ de la crónica taurina.

A veces el insecto se espantaba con los ronquidos de aquel hombre enjuto, casi transparente, que dormía la juma sobre el último taburete de la tasca, arropado con una cobija ‘tres tigres’ de San Victorino.
La mosquita zumbaba feliz cuando el gaznate del parroquiano, macerado por años en licores de todas los fermentos y marcas, dejaba de resoplar, y retomaba su curso por la agreste textura de su faz; se remojaba las paticas en los restos de saliva que rodaban por la quijada; aleteaba maravillada sobre los fogonazos del penetrante vaho etílico que emergía de la bocaza abierta; e improvisaba colarse por entre los pelillos nasales, intentos fallidos ante los espantosos estornudos del beodo.
‘Flaquirri’ llevaba dieciocho horas durmiendo sin parar, sin levantarse al baño, luego de la rasca desenfrenada que inspiró la celebración con amiguetes del apoteósico triunfo de Pablo Hermoso de Mendoza, el pasado domingo en La Santamaría.
En ese remate de agites eufóricos, apocalípticos, Ortiz bebió de todo lo que encontraba a su paso, cuando hizo su arribo a la barra de Germán Jurado, su apoderado y protector de toda la vida en su estancia torera de ‘Divisas y Caireles’, desde los vasos de sangría con que recibían en la puerta a los contertulios, las ánforas repletas de ponche cremoso para señoritas; los tragos de whisky que iban y venían por todos los rincones de la efervescente fiesta, y en la cocina, dos botellas de vino para saltear mariscos, chorizos y salchichas.
‘Flaquirri’ no atendió las recomendaciones de su amiga de años, Valentina Azorín, una alentada y vigorosa aficionada, mitad española, mitad paisa, con quien compartió la memorable tarde de los caballos sobrenaturales del mejor rejoneador del mundo; del bravo encierro de Miguel Gutiérrez, de la muleta ducha y decantada de Luis Bolívar; del gran puyazo de Luis Viloria; de las banderillas martilladas de Ricardo Santana; de esa  atmósfera estival que abrigó a los catorce mil espectadores, y de todo lo magnífico e inolvidable que aconteció en esa enloquecida plaza, con rabo incluido.
La verdad, Valentina Azorín, aunque ‘Flaquirri’, no lo sospechaba, tenía previsto disfrutar de unos buenos tragos con él en el mesón de Jurado, comentar los pormenores de la corrida, disfrutar de tapas y sangrías, bailar pasodobles -‘España Cañí’ y ‘El Gato Montés’, sus preferidos- al compás de una tuna de afiebrados universitarios, y al filo de la media noche, esfumarse con el flaco a un apartahotel de los altos de Chapinero, todo pagado por ella, hasta dejar al cronista hecho una pelota de bagazo, luego de una agitada corrida de catre, a su manera, como era su costumbre con los tíos escasos de carnes, curiosa atracción sexual por los desgalamidos, y José Gabriel era su prototipo, pero malaya aquella noche que le falló.
Alguna vez, entre condumios salpicados de albóndigas bañadas en jerez, le indagué a Valentina Azorín el por qué de su fascinación por los escuálidos cumbambones como ‘Flaquirri’, y ella me explicó en detalle que eran más fáciles y cómodos de zarandear entre sábanas; elásticos y flexibles al momento de sortear posiciones imposibles, “como esos muñecos escualizables que se pueden armar y desarmar como a uno le viene en gana”, me enteró.
Yo sí intuía de tiempo atrás que la aficionada en cuestión veía por los ojos del veterano mentor de toros, porque cada vez que venía de España, justo para la temporada bogotana y la de Medellín, lo sorprendía con obsequios especiales adquiridos en ‘El Corte Inglés’, chaquetas térmicas de alpinismo rellenas de plumas de ganso con apliques en macramé, finísimos pantalones de lino ‘Winston Churchill’; mancornas recamadas en ónix verde y alpaca, y todas esas cositerías que una mujer no escatima en recursos para complacer al varón que le interesa.
Pero el flaco era un escurridizo en estos trámites de la conquista y le ganaba la ebriedad. ¿A quién se le antoja desaprovechar una de las tantas oportunidades que le planteaba Valentina Azorín a José Gabriel, como costearle de su bolsillo una invitación de lujo a toros, desde el suculento condumio, pasando por las localidades de fila quinta de sombra en tendido especial, la bota de solera, y el remate como exigen los taurinos de ley, para que un muérgano langaruto como ‘Flaquirri’ termine hecho un bulto ensopado de cachaza, con la boca abierta a merced de la moscarria, sin un zapato, en el último rincón de la tasca de Germán Jurado?
Imperdonable. Pero aún así, la soberana maja seguía insistiendo. Más de una vez la había dejado plantada, con el deseo reprimido de hacer con él diabluras en la cama, de ponerlo a disposición de sus acrobacias; de doblarle la cerviz hasta hacer que la testa del flacuchento topara con sus talones, en ese lance lúbrico que ella nombraba ‘a la portagayola’; incitándole a chupones desaforados de ‘pitón a pitón’; encelándolo en su abundante cadera, haciéndole quites por chicuelinas abrochadas; y a la sazón de esa lidia frenética, volcánica, pasaportarlo de un ‘estocadón’ hasta la empuñadura, que le dejara pringada la ingle, pero ‘Flaquirri’ se las ingeniaba para salirse de la suerte y buscar los tableros, cuando no la puerta de chiqueros.
Ahora la mosca arremetía con su vuelo sobre la bocaza del cronista taurino, patinaba sobre la baba fermentada de las comisuras de los labios, y trataba de auscultar entre las pestañas rusias de un ojo blanco, ya cubierto de nata, como de muerto.
Al fondo sonaban los clarines y timbales que anunciaban el pasodoble ‘Pepita Greus’, en la espléndida versión de la Banda de ‘El Empastre’.

El Espacio

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